EL LEÑADOR Y LA REINA DE LA MONTAÑA

Hace casi 260 años en un hermoso pueblo a las faldas de la montaña más alta de la sierra del Guadarrama, ocurrió una increíble historia, que pocas personas conocen, un niño se la escucho a su abuelo, y este al ser padre se la conto a sus hijos los cuales de la misma manera contaron a sus hijos y sus nietos que un día también tuvieron hijos y estos fueron un día abuelos también la contaron y así la leyenda viajo de generación en generación siendo totalmente fiel a la realidad o quizás a la fantasía, hasta legar a mí, y hoy, yo os la voy a contar con las mismas palabras que se la oí a mi abuelo. y entonces seréis vosotros quienes revoloteando en la imaginación os encontrareis como por arte de magia en aquella época disfrutando entre pinos y robles, recorriendo las sendas y cruzando los ríos, trepando por las rocas y disfrutando de las vistas de aquel pueblo llamado La Granja de San Ildefonso.

En el año 1765 aproximadamente, en La Granja que contaba con una de las fábricas de vidrio más importantes de Europa, la producción de este material estaba en auge, y gracias a los extensos bosques que ocupaban prácticamente la totalidad de la sierra, se podía abastecer de materia prima para mantener los hornos en funcionamiento, el trabajo en el monte de los leñadores de la zona y los pueblos de alrededor era sumamente importante, y José un leñador autóctono de la zona, dedicaba su vida a este oficio tan necesario en aquella época.

José, vivía con su padre y su hermano en una casa pequeña de madera y piedra a la orilla del rio Eresma a pocos km de la Granja, su madre murió hacia años de una fuerte gripe que su cuerpo no pudo soportar, y desde entonces el su padre, se encargaban de sacar a delante la familia y los quehaceres de la casa. Todas las mañanas muy temprano salían montados cada uno en su caballo y un mulo bien fornido  que tiraba de una pequeña carreta en la que llevaban las herramientas necesarias para la labor en la montaña, dejaban la casa bien protegida al cuidado de Tara y Cora dos  perros pastores vascos que sabían hacer su trabajo a la perfección. Y aunque no era común que los bandoleros asaltaran el hogar de trabajadores toda precaución era poca, el padre de José había enseñado a los perros en caso de peligro, a soltar un pestillo que accionaba un mecanismo por el cual la rueda de un pequeño molino hacía sonar una campana que podía oírse a varios km en el valle.

Cuando llegaban a la zona de trabajo, amarraban los caballos y cada uno con su azada comenzaban a limpiar el suelo  para facilitar el trabajo de tala, cepillado y apilado de los troncos según tamaños etc. Con el mulo Jacinto todo era más fácil, pero tenían que hacer varias paradas a lo largo de la mañana, pues era un trabajo bastante duro y no podían permitirse el lujo de acabar heridos o demasiado cansados para los posteriores días.

Hacia solo un mes de la llegada de la primavera pero en sierra el clima era tan cambiante que un día podía hacer un calor sofocante y a los dos días llover a mares o ponerse a nevar, así que en esta época, procuraban aprovechar los días buenos para despejar los caminos y acumular troncos en las vías principales para su recogida por medio de los equipos de la Corona. Esta había adquirido a través de la venta forzosa  a la comunidad de ciudad y tierra de Segovia los pinares y robledales de todas las zonas colindantes para garantizar el suministro de leña a la fábrica real.

Eran días tranquilos, en los que uno podía sentarse sobre un tronco y disfrutar del almuerzo sin muchas prisas y en ocasiones incluso darse un paseo para recoger los manjares que el majestuoso bosque les ofrecía entre muchos los deliciosos hongos y setas y por supuesto, lo que más gustaba a Javier, el  hermano pequeño, pescar un par de buenas truchas para la cena.

Una hermosa mañana de sábado ya en mayo, los sábados solo trabajaban hasta las 12 o 13 de la tarde, momento en el que regresaban al valle para comer junto con otros leñadores que vivían cerca de ellos y con los que tenían muy buen trato, uno de ellos Fernando, el hermano de Berta la mujer de Joaquín y madre fallecida de los muchachos, era a demás herrero y había construido una especie de parrilla portátil en la que asaban algún conejo y mientras tanto conversaban y bebían vino hasta que caían dormidos sobre el manto de flores y hierba fresca junto al rio.

Pero esta mañana fue un poco diferente para José, diferente y especial, pues ocurrió algo increíblemente inesperado para él y que le cambio la vida por completo.

Mientras su padre y su hermano ya habían recogido y esperaban a José para volver a casa, este a grito pelado desde lo alto de unas rocas donde había estado escuchando un misterioso canto de pájaro que nunca antes había oído, les aviso de que se retrasaría un poco, que emprendieran el camino que él les alcanzaría más a delante.

José quería descubrir que ave cantaba con aquel maravilloso tono, que más parecía ser la voz de un ángel de fantasía que una realidad con pico y plumas.

Siguió avanzando entre granito escarpado y zarza ayudándose de su azada, y trepando agarrándose con los dedos metidos en las finas grietas, los grandes pinos habían quedado atrás y ahora frente a el unas rocas erosionadas que parecían monolitos esculpidos por los dioses, majestuosamente salían de la tierra hasta llegar a la parte más alta, los robles crecían muy cerca unos de otros y la frondosidad de los helechos apenas dejaba ver a pocos metros.

Por momentos José creía perder la noción del tiempo y el espacio, pero la naturaleza envolvía su cuerpo y le atrapaba la belleza, así que sin pensar en que debía regresar con su padre y su hermano, prosiguió escudriñando bajo las ramas retorcidas de los robles sin dejar de escuchar aquel embaucador canto hasta descubrir una cacera que desaparecía en el interior de una cueva aparentemente escavada en la cara aplanada de una gran roca de varios metros de alto.

Fuera lo que fuese que emitía aquel maravilloso canto, parecía haberse metido  en el interior de aquella cueva, el hueco de entrada era bastante pequeño y húmedo, recubierto de musgo y líquenes, seguramente si conseguía entrar y después salir, acabaría completamente mojado, pero José ni corto ni perezoso, se dispuso a entrar. Se dijo: ya que he llegado hasta aquí, ¿no voy a continuar?

Agachándose prácticamente rozando su pecho la superficie del agua, y apoyándose en una de las zonas que aparentaba menos resbaladiza, consiguió adentrarse en el interior de la cueva. Avanzó sigiloso y con algo de miedo e incertidumbre ya en el cuerpo, hasta llegar a una zona en la que era posible ponerse totalmente de pie. Justo al incorporase completamente, pudo ser testigo de una de las imágenes más increíbles que ni él ni nadie hasta la fecha podían haber observado jamás. La cueva se había convertido en una gruta cuya estructura interior estaba completamente decorada con preciosas columnas por las que el agua se escurría deslizándose desde arriba a través de los riachuelos que se filtraban entre las pequeñas grietas del techo y que a su vez también dejaban entrar delgados rayos que el sol enviaba desde su posición en lo más alto del cielo y que refractaban la luz en toda la estancia. Esta se podía contemplar casi en plenitud y se dejaban ver numerosas cavidades que parecían vacías, como nidos de golondrinas hechos con minúsculos cristales abandonados con el tiempo.

El canto había cesado, en su lugar podía oírse el agua fluir entre las rocas como un xilófono celestial, y de fondo el sutil quejido de una voz de mujer.

Quiso seguir el rastro sonoro de aquel sensible lamento cuando de repente la figura delicada de una hermosa mujer apareció frente a él como por arte de magia. El joven dio un salto hacia atrás y cayo de culo en el agua salpicando a todas partes mientras intentaba mantener la calma y gritaba ¿quién eres, quien eres tú? Ella respondió con voz tenue y denotando dolor y rabia, me llamo Saturnia Isabellae soy una reina hada y tú, insensato humano, has cortado una de mis alas con tu terrorífica herramienta mientras sesgabas la vegetación. Ahora apenas puedo volar y soy la última esperanza para preservar el bosque. ¿Cómo voy a ayudar al espíritu de la madre tierra que me concedió el privilegio de ser la protectora de esta hermosa sierra en la ardua tarea de mantener el equilibrio entre fauna, flora agua y piedra?

¿Tú me has traído hasta aquí? Respondió el joven titubeando entre salir huyendo o quedarse inmóvil y ponerse a llorar.

Si, respondió ella, debes pagar por lo que has hecho, y ayudarme en mi tarea esta primavera hasta que mis hermanas regresen de otros bosques y puedan ayudarme a sanar y recuperar el ala que he perdido.

Beberás el agua de esta fuente y pasaras aquí la noche, no podrás volver a casa hasta que el sol en verano caliente con más fuerza, te convertirás en mariposa y no podrás dejar que te vean pues el hechizo funciona solamente si los humanos no te ven. Por eso saldrás de esta cueva cada noche al alzarse la luna en el cielo, y volaras entre pinos y robles, cedros y abetos, sobre los ríos y las fuentes, entre las piedras y sendas de los animales, sobre las cornamentas de los corzos, las madrigueras y los nidos de las aves, deberás posarte en las flores, en los brotes tiernos de las hojas, en el musgo y en las zarzas, volaras a oscuras con la niebla y bailaras con las gotas de lluvia hasta el amanecer, y regresaras aquí cada mañana para descansar junto a mi y recargarte con la energía de la madre tierra. Tus alas serán verdes como la hierba, surcadas por estrías marrón cobrizo, tendrás cuatro como un hada, y cada una estará decorada con un circulo de colores, las alas posteriores tendrán unas llamativas colas alargadas para diferenciarte de cualquier otra mariposa del bosque. Los espíritus de la noche te llamaran Graellsi y atenderás a sus exigencias por el bien de la naturaleza. Cuando hayas pagado tu deuda, podrás volver con tu familia a tu mundo, y jamás regresaras, olvidaras este lugar pero no lo que aprendiste en él.

Cuenta la leyenda, que el joven leñador nunca volvió a casa, se enamoró de la reina hada y siguió primavera tras primavera ayudándola a proteger el bosque, su padre y su hermano lo buscaron durante mucho tiempo, pero solo encontraron el trozo de un ala muy extraña que guardaron de recuerdo como una señal de esperanza, y aunque jamás lo encontraron, siempre sintieron su presencia. También cuenta la leyenda que el hada reina a veces anula el hechizo y  así en las noches de primavera y principio del verano, cuando el cielo está más despejado y nuestro satélite ilumina el cielo como una gran farola, si vas al bosque con respeto y el corazón puro, la naturaleza quizás te permita ver a la mariposa de la luna en la sierra de Guadarrama.