MI TRAYECTORIA

Tuve mi primer contacto con el arte en vidrio en el año 1996  pero realmente todo comenzó en el año 2001… 

Este año, fue uno de los más importantes para mí profesionalmente hablando. Hacía ya varios meses que trabajaba como ayudante de talla en la Real Fabrica De Vidrio, en La Granja De San Ildefonso (Segovia), algo, que me costó bastante tiempo conseguir. El poder trabajar de aquello que amaba, en “el mejor sitio posible” fue un sueño hecho realidad. Uno de mis primeros grabados fue este retrato de Carlos III, ya que en la época de su reinado en España, la Real Fabrica vivió su mayor esplendor.

Anteriormente, en 1996, y después de haber realizado un curso sobre técnicas de vidrio, entre las que se encontraba la talla, (y gracias al cual descubrí en mi interior el primer rayo de luz vocacional) Pase casi 5 años trabajando en un taller en el que tuve la oportunidad de formarme desde cero, de «aprendiz» pero sin maestros, ni quien pudiera enseñarme las técnicas necesarias para mejorar. Y así, realizando encargos y siendo autodidacta, pude aprovechar aquel tiempo y practicar lo suficiente como para poder demostrar mi habilidad en este oficio y optar a formar parte de la plantilla del Centro Nacional del Vidrio.

Mis comienzos en el departamento de talla, en la Real Fábrica de Cristales, fueron acompañados de muchas decepciones, puesto que a pesar de tener las cualidades suficientes, no tuve la posibilidad de demostrarlo, y ejercer de tallador hasta pasado bastante tiempo. Mi categoría de ayudante junto con un sueldo muy bajo, y unas compañeras que me hacían el vacío, no era muy prometedor, y pulir, repasar y cortar copas, era mi ocupación principal.

Aun así, la felicidad inundaba mi ser, pues cada mañana me levantaba soñando con el día en el que llegaría a formar parte del equipo, y todas aquellas copas, vasos, floreros, jarras y demás piezas también pasarían por mis manos, para darlas el toque final que tanto prestigio otorgaba y tan difícil parecía conseguir, poder optar al reconocimiento como tallador.

El día 7 de Octubre de ese mismo año, comenzó un curso de talla y grabado que impartiría un maestro checo llamado Jiri Harcuba, y al que tuve la gran suerte de poder asistir como empleado de Centro.

Este curso, fue el punto de partida de una de las mayores ilusiones profesionales que jamás creí poder conseguir, y también fue el comienzo de un viaje que me sumergiría en el mundo del grabado en vidrio, una técnica que al conocerla me envolvió de tal manera que aun hoy me emociono al recordar.

Durante los 10 días que duro aquel curso, me empape de la técnica que Harcuba sutilmente dejaba en mis pupilas, mostrando una mezcla de sabiduría, control e imaginación. Solo podías aprender si eras capaz de observar atentamente y captar el alma del artista en los movimientos del cristal sobre la rueda, mientras se deslizaba en las ancianas pero hábiles manos de aquel maestro. La pericia de cada uno para aprender mirando, era lo que te llevabas a casa.

Muchas de mis dudas sobre el oficio desaparecieron, pero, saber que esa técnica me podía permitir hacer cualquier cosa en cualquier pieza de cristal, me creo aún más dudas, y aquí en España nadie me las podía resolver, ni los libros, ni las exposiciones, ni las piezas del siglo XVII que solía contemplar en las vitrinas del Museo del Vidrio, ni los escasos maestros que aún quedaban en este país y que desgraciadamente no querían enseñar.

Después de varios meses, adquirí mi propio torno, y alguna que otra rueda de piedra para poder practicar, a duras penas en la terraza de la casa de mis padres, suficiente y agradecido, teniendo en cuenta que ya era todo un logro poder tener uno. Fue un gran paso, puesto que en la fábrica no me dejaban tallar, y casi me era imposible tener acceso a sus máquinas aunque solo fuera para quitarme el gusanillo. La necesidad que fluía en mi interior de conseguir acercarme aunque fuese de lejos a lo que había visto hacer a aquel artista checo, me agudizo el ingenio para crear mis propias ruedas de menor tamaño, y arriesgarme con ellas a realizar trabajos más minuciosos etc… la talla, se convirtió en cuadernillos de caligrafía. Ahora, empezaba la lucha por ser grabador de cristal.

Un día, ya tras varios meses de prácticas caseras y trabajando como ayudante en la fábrica, llego a esta, una carta en la que se ofrecían plazas a alumnos para una escuela en la República Checa, de la que el maestro Harcuba era director. Por supuesto, no podía dejar escapar esa extraordinaria oportunidad, así que por todos los medios, procure formar parte de aquella aventura, iba a ser un curso de casi un mes de duración, en el que podría relacionarme con los mejores, en el mejor ambiente y en la cuna del cristal, Bohemia.

Llego el momento de partir. Mi entusiasmo y las ganas de llegar a dominar el arte del grabado, solo eran comparables a cuando un niño recibe sus regalos en Navidad. Estaba viviendo mi sueño, comenzaba en aquel viaje único.

Harachov, el nombre del pueblo. Situado en un parque natural a unos 4 kilómetros de Polonia y 280 kilómetros de Praga, era conocido por su turismo de invierno, con sus pistas de esquí y rutas por la montaña. A demás, la tradición en cristal era muy conocida, uno de los más importantes grabadores de vidrio de la historia nació allí (01/04/1800), y la escuela a la que me dirigía llevaba su nombre: Dominik Biemann.

El primer día fue un desastre, llegue de noche, estaba diluviando y en recepción no me entendían ni en inglés, pero el cansancio del viaje y las más de 3 horas de taxi desde Praga hasta Harrachov, me dejaron profundamente dormido a pesar de los nervios.

Al día siguiente comenzó el curso, fue como encontrarme en las naciones unidas, había varios alumnos de diferentes países, y he de reconocer, que al principio pensé que no me iba a entender con nadie, pero todos teníamos un único motivo por el cual estábamos allí y eso fue lo que nos ayudó a establecer un “idioma»en común para comunicarnos, todos amábamos el vidrio.

El entorno era inigualable, un paraje montañoso lleno de vegetación rodeando a ese pequeño pueblecito, en el que si afinabas bien el oído podías escuchar el sonido del agua recorriendo los cauces estrechos de las caceras que alimentaban un hermoso rio que envolvía las rocas erosionadas y empapaba las raíces de unos majestuosos árboles.

Un recinto acogedor y auténticamente Checo nos invitaba a entrar en la escuela. El taller en el cual íbamos a pasar gran parte de nuestro tiempo, contaba con una hilera de tornos, unidos con poleas de madera por separado, solo giraban enganchando a mano una correa de cuero a un eje central en movimiento, que hacia funcionar los tornos, bajo ellos, tenían unos recipientes o pilas donde caía el agua después de refrigerar las ruedas al trabajar, eran como barricas ovaladas cortadas por la mitad. Tenía unos ventanales que procuraban una luminosidad natural estupenda y las paredes estaban ocupadas con infinitas ruedas de todos los tamaños ensartadas en varillas de hierro unas encima de otras.

En un rincón privilegiado, había una máquina que seducía por su brillo, sus formas y su aspecto antiguo. Su exquisita hermosura atraía mi atención. Era un torno de grabado a rueda de cobre, fabricado en  madera de nogal, con los cojinetes de bronce y un eje de acero muy brillante, la correa de cuero y con un sello grabado a buril en su costado que relataba entre grecas, con una delicada caligrafía, que había pertenecido a algún maestro importante de la antigüedad. Esta preciosidad de torno, hizo despertar mi curiosidad por la historia que acompaña a todo este mundo desde sus comienzos, hasta la fecha.

Día tras día, trabajábamos en aquellos rudimentarios pero efectivos tornos. Tenía a mi disposición tantas ruedas como jamás había imaginado, de todos los tamaños y formas, todas emplomadas, se ajustaban a los ejes en mandriles cónicos de rosca, todo parecía transmitir un encanto especial, y yo, me sentía como en casa. La relación con los otros alumnos, cada vez era más estrecha. Conocí varios maestros, ya jubilados con un tacto fino y exclusivo en sus trabajos, y a otros más jóvenes, incluso de mi edad (yo tenia 22 años en aquel momento) con un estilo de trabajo más moderno, allí era algo normal, trabajar el cristal era una tradición, lo sentían y aprendían desde la infancia.

Uno de estos maestros, Petr Bilek, fue como el anfitrión perfecto para mí. La amistad que forjamos se hizo muy fuerte, se mostró abierto y dispuesto a enseñar como si fuese un hijo al que legar todos sus conocimientos.

Gran persona y gran maestro, con el que aún sigo teniendo contacto y al que agradezco su hospitalidad y su ayuda.

Esta es mi historia, o por lo menos, parte de ella, o de los recuerdos que se guardaron en mi memoria. Breve pero con toda la esencia de un viaje, una aventura. Todo aquello logro que mi pasión por el oficio se multiplicase, y que las inquietudes por el conocimiento, por el arte y la historia del cristal se tatuaran en mi piel como cuando se desbasta el vidrio al grabarlo a rueda dejando una marca perpetua e imborrable.

En la actualidad, uno de mis mayores propósitos es conseguir que este hermoso oficio no se pierda, poder seguir mostrando mis piezas a lo largo de los años y compartiendo mi pasión y afán de crear obras de arte en vidrio para todas aquellas personas que saben apreciar el arte y admiran el trabajo hecho a mano pasando por el alma y el corazón.

Muchas gracias por seguirme y apreciar mi arte.